Me despierto a las 8 de la mañana con un mensaje de Lubo en
el móvil: “Marcos, al final no voy. Pásalo bien.”. He de decir que leer esto, aunque era esperado, me
alivió. Lubo es un gran tipo, de eso no cabe duda, pero me daba cierto yuyu emboscarme con él en esta ruta, en estas condiciones. Tras una hora de carretera,
a las 9.30 estoy en Borovets, la más concurrida estación invernal de Bulgaria
(junto con Bansko). Casi todo está cerrado aquí, y no hay gente por las calles.
Aparco junto al que creo que es el comienzo de la ruta, que no está señalizado.
Está situado a 1.300 metros de altitud. No hay ningún coche alrededor, lo que indica que probablemente no me encuentre a nadie en el camino. La pista está muy marcada, ya que es la que
usan los vehículos de la estación de ski para el mantenimiento de las pistas
superiores. No hay pérdida. La primera hora y media de caminata es bastante
lúgubre y fría, ya que transcurre en un apabullante bosque de pinos que
bloquean los rayos de luz varios metros por encima de mi cabeza, donde sólo veo
niebla y copas de árboles. El bosque es tan profundo y espeso, que se
agradece que el camino sea una pista forestal y no un estrecho sendero. El
suelo tiene una fina capa de nieve, que en su superficie es auténtico hielo.
Y por fin comencé a salir del frondoso bosque...
Cuando (¡al fin!) comienzo a salir del bosque, el sol lo
ilumina todo repentinamente. Esto, por tontería que parezca, me animó
muchísimo, pues hasta ese momento no tenía muchas esperanzas de que fuese
posible llegar a la cima del Musala. Realmente tenía muy pocas, incluso de
llegar hasta el refugio, situado a 2.450 metros de altitud. Y es que una vez que dejo a
mis espaldas el frondoso pinar y la espesa niebla, todo parece más fácil de
repente. Paso cerca de la estación superior del telesilla Yastrebets, que es el
punto más alto de la estación. Unos operarios están cambiando unos cables cerca
de allí, así que aprovecho para preguntarles si voy en la dirección correcta.
Ellos se quedan bastante sorprendidos de verme andando por aquí, aunque para mí
supone otra bocanada de ánimo que me confirmen que voy bien. Paradójicamente, a
partir de este momento pierdo de vista el camino, y sigo simplemente
ascendiendo la ladera de la montaña en la dirección que intuyo correcta.
Durante bastante rato sigo unas pisadas de perro que se van colando con
habilidad entre numerosos arbustos y charcos de fango-nieve. Tal vez las
huellas eran de otro animal, pero yo en ese momento preferí pensar que
eran de perro por mi propia tranquilidad (aunque tiene chiste… ¿qué va a hacer
un perro por aquí, sólo?).
Poco antes de encontrarme con los trabajadores... las rodadas eran suyas
Musala Hut... según le ví
Cuando llego al Musala Hut (refugio), a eso de la 12.15, hago mi primer
descanso en toda la mañana. Aprovecho para entrar dentro, donde me encuentro a
los dos guardas jugando unas cartas junto a la lumbre. Me miran con cara rara,
sin decir nada. Trato de entenderme con ellos, pero no hay forma, sólo hablan
búlgaro. Trato de preguntarles (por señas) si hay alguien más de camino a la
cumbre, pero no me comprenden. Me conformo con pedirles un cuchillo y una Coca
Cola, y me hago un buen bocata. 20 minutos después vuelvo al camino, ahora sí,
bien marcado y directo a la cima. A medida que subo la visibilidad es menor a
causa de la neblina que envuelve al macizo, y la nieve más
profunda.
Pasando junto a uno de los varios lagos que hay en el camino... el Musala se divisa imponente en la izquierda
Dejo atrás el refugio Everest (cerrado a cal y canto), construido en
honor al primer búlgaro que alcanzó el techo del mundo, y que desgraciadamente murió en el regreso. El último tramo es precioso, ya
en el mismo cono de la cima. Me recordó un poco al Paso de Caradhras por el que
se empeñó en ir Gandalf (sí, en estos momentos de soledad la mente se monta
unas películas que no veas…). Finalmente
a eso de las 15.00 h. llego arriba del todo, donde para mi sorpresa me
encuentro un pedazo de refugio y estación meteorológica. Sabía que aquí había
algo, pero no me imaginé esto (estamos a 2.925 m.). Le quita bastante encanto al lugar, que es el punto más alto de todos los Balcanes. Además, un grupo de unos 20
macedonios estaban allí haciendo fotos y tomando té. Se interesaron por saber
de dónde venía (ellos habían subido por la otra vertiente) y cómo estaba el
camino de bajada. Me invitaron a un té y se mostraron bastante sorprendidos de
encontrarse con un español aquí (supongo que no es lo más habitual…). Al final
no hizo tanto frío como se preveía, el termómetro marcaba -8 grados, y afortunadamente no hacía
nada de viento.
Vistas hacia el Norte, de donde vengo. Junto al tercer lago (el más lejano), está el Musala Hut, y más al fondo el valle hacia Borovets
Tras un rato de descanso y unas fotos, comienzo a bajar con
los macedonios. La bajada la hago rápida y directa. Paré en el refugio Musala,
donde en principio tenía previsto quedarme a dormir, pero viendo que me
quedaban más de dos horas de luz para bajar hasta el coche, seguí para abajo.
La última parte, la del enorme bosque, se me hizo larga, dura y pesada. Las
piernas a reventar, en días como hoy me doy cuenta de lo vitales que son los
palos de treking, si no los llego a tener no aguanto. Sobre las 18.00 h llegué
al punto inicial, seriamente reventado… y es que de hecho fue una de las mayores
palizas que recuerdo: 3.300 metros de desnivel acumulado y unos 25 km en 8
horas casi sin descanso. Me queda 1 hora
en coche hasta Sofía, durante la cual casi me quedo frito conduciendo, tuve que
parar dos veces a por cafeína.
Creo que esto era el antiguo refugio del Musala... pero no estoy nada seguro
Al final... ¡Devastado!
Pero como siempre...pese a todo el esfuerzo físico, la experiencia
fue finalmente muy gratificante. No es lo ideal subir a la montaña en
solitario, es seguramente más aburrido (y arriesgado si surgen complicaciones),
pero al mismo tiempo es una sensación diferente, interesante. Hubiese sido
perfecto de no ser por las nubes y neblina que me impidieron disfrutar
plenamente del maravilloso paraje que son las montañas de Rila, y me ocultaron
por completo las vistas hacia el Sur mientras estuve en la cima. El resto del fin de semana fue de PAZ (y PES)
en el piso de Monroy-Pacas.
¡Menuda jornada! Hemos entrado en las montañas de Pirin por la puerta grande, coronando su cota más alta, el Vihren (2.914 m.), con la lluvia, el viento y la niebla como compañeros en la cima. No se puede decir que hayamos tenido mucha suerte con la climatología. Una prueba de fuego para demostrarnos a nosotros mismos que la satisfacción en la montaña no sólo se consigue a través de los grandiosos panoramas que nos pueda ofrecer. Hoy nos los ha negado durante mucho tiempo, y sin embargo todos estamos realmente contentos con la experiencia vivida.
Ganando altura
Nos levantamos a las 6:00 h. para ducharnos y abandonar el alojamiento de nuestros hospitalarios anfitriones. El tío de Ludi nos acompaña con el coche hasta el Refugio de Banderitsa, donde iniciaremos la ruta a pie. Hemos subido un puerto larguísimo, unos 16 km, y nos encontramos a 1.810 metros de altitud.
8:15 h. Tras un rápido desayuno en el mismo refugio, comenzamos a andar. La pendiente es constante durante toda la ruta, aunque con las piernas frescas no reparemos en ello. Primeramente dejamos atrás un frondoso bosque, para después pisar algo de roca, al tiempo que nos adentramos en el corazón de la montaña.
La niebla cubriendo el Vihren
Cuando alcanzamos la cabaña "Kazana", a unos 2.450 m., la lluvia y el frío ya han hecho acto de presencia y obligan a ir adaptando la vestimenta. En estos momentos, nos encontramos en la base del gran macizo rocoso que supone el Vihren, aunque lamentablemente sólo podemos intuirlo allá arriba en la niebla.
Poco después, y tras uno de los peores repechos, alcanzamos el cordal que une el Vihren con los cercanos Kulata I y II. Es aquí donde giramos a la izquierda y encaramos la arista norte del monte. Nos adentramos por completo en una espesa niebla que nos priva del espectáculo visual, y nos obliga a estrenar toda la ropa de abrigo (4 ºC). Sin embargo, la progresión se hace muy entretenida, al tener que ir utilizando las manos constantemente para ir ascendiendo. Sin mayores complicaciones, alcanzamos la cima sobre las 11.00 h.
Ludi e Iva en plena faena
Ahí arriba nos encontramos con una variopinta combinación de ruteros que han alcanzado la cima por la otra vertiente. Una oronda parejita ha subido en playeras, pantalones cortos y el clásico poncho de 2 €. Están llamando por teléfono móvil, supongo que a sus familiares cercanos, pese a que con el viento que hay no creo que puedan entenderse jamás. En esos momentos pienso que debo ser una auténtica gominola por sentir frío con todo el abrigo que llevo (la temperatura marca 0 ºC y sopla mucho viento). Para contrarrestar esta sensación, hay allí tres miembros del equipo de montaña de la Cruz Roja, totalmente equipados y abrigados. Siento que mi nivel de gominolismo vuelve a sus registros normales.
Mientras nos hacemos las fotos de rigor, aparece por allí un chaval con aspecto de empollón (clásicas gafillas y peinado con la raya a un lado), ataviado (¡cómo no!) con playeras y pantalones cortos. Porta en su espalda un mochilón en el que probablemente cabe él mismo si encoge las piernas. En ese momento pienso muchas cosas, aunque una arrasa en intensidad al resto: "¿¿pero no tiene un puto pantalón largo en esa pedazo de mochila??". Este hombre tan peculiar, que finalmente resultará ser un buen compañero de ruta al día siguiente, es profesor de la Universidad de Colonia (Alemania), y está viajando por la zona.
Vemos el Vlahinski Ezera, mientras bajamos del Vihren
El descenso lo hacemos por la otra cara, para terminar la jornada en el Refugio del mismo nombre que el pico. Se hace realmente largo y cansado, el desnivel acumulado son más de 2.100 metros entre subida y bajada, y las piernas ya comienzan a rogar clemencia. Sobre las 14.00 h. llegamos, yo personalmente con la batería bajo mínimos.
Así se queda uno después de la paliza
Comemos opíparamente, y pasamos el resto de la tarde descansando y tomando unas cervezas en la sala común del Refugio. Hospedarse aquí nos cuesta 12 lev por persona (unos 6 €), barato, pero ajustado a la calidad del lugar: está hecho un desastre, viejo y roto. Al menos las camas han gozado de una remodelación y se dejan querer. Una vez en la piltra, la nota extraña la puso una señora que decidió meter a su chucho a dormir con ella. El chucho estaba bastante bien educado (para tratarse de un chucho, quiero decir), pero así todo a uno le resulta bastante desconcertante oir gemidos perrunos en plena madrugada, a dos metros de la sesera. No recuerdo haber visto antes a un perro durmiendo dentro de una cama en un lugar de estos. Afortunadamente estaba tan cansado, que creo que el canino y yo no tardamos en soñar con los angelitos, por ahí arriba, seguramente cerca del Vihren.
Con todo, un gran día.
Tanto, que se merece un tema como este: Gojira - Oroburus